miércoles, 18 de mayo de 2022

3.

Desde que rocé su corazón vegetal
descansando entre las ramas de los pinos,
en los ríos, en los aguaceros de las lunas
supe que existía otro idioma que no cabe
en el presagio de los signos,
en las terminales de un verso.
Supe que en el grito del pájaro no hay retorno;
que en el viento no hay aritmética posible
porque lo tuve todo en mis manos
y quise hacer de aquello un poema,
pero entendí que el alma
no se enamora de líneas rectas,
que para ese momento ya no habría retorno.

2.

Para tu arena en su rumboso grito,
el reloj de un mar desesperado
agotado como una espina blanca
en su libertad de sangre en los relieves,
ya hacia los pasadizos que se inmolan
de distancias que se inundan
de silencios terrenales que segregan,
de rebeldes geografías sin testigo
para tus rocas mansas, el sabor enredado y antiguo,
la osadía de las jaulas la voz infinita;
para tus ojos el pergamino, el secreto de los párpados
el vaso de arrecifes que se hondea
la melodía doliente que se fragua;
para nosotros la noche, el engranaje en los vapores
la acrobacia de las lumbres enfrentadas,
la inclinada espalda de la playa sedosa,
para vos lo que nace y se establece y se extiende
copiando el dibujo curvo de tus ojos,
de humildad que amanece sin recintos,
sin pliegues inconclusos ni estribos en la sangre
solo hundiendo una trinchera en su corto gesto
solo endureciendo un tramo de su agudeza armoniosa
alistando torres azules sobre el pálpito tiznado
desgranado, disolviendo su cauce en lo rumboso
como velas solitarias de los nombres
que se han dejado en el destino
en las aguas crujientes de la noche.

1.

Busqué en las unidades
de la luz, su carga de inocencia,
otras, rotas como edades
o días en los ojos.
Y en los extremos del candor
las gratas flautas
impares del celaje,
como un niño de invierno
cobijado en nuestra sangre.